Hace unos días llegué de un lugar del cual no quería regresar. 21 días que no entiendo que pasó pero definitivamente cambiaron cosas en mi ¿Cuáles? Eso me pregunto cada segundo, pero no tengo respuesta alguna. Y no, no es esa sensación de volver a tu país y decir “oh no, no quería regresarme, allá todo es perfecto, que ladilla este país” es más que todo encontrar en tan pocos días esa vida que siempre has querido y que ahora no quieres dejar.

Parece ridículo lo que estoy escribiendo, suena como el típico niño pajuo que se fue unos días afuera y ahora se cree la gran vaina y dice que quiere regresar allá. Pero no es así. Más bien es raro extrañar lo que viví allá.

Extraño el calor, frío, sonrisas, discusiones, comida buena, comida mala, dolor de espalda, canas, caída del cabello, pizza y libertad. Si, esos son los recuerdos locos que no me dejan de pasar por la cabeza.

El calor los primeros días no tenía lógica alguna, era tan desagradable como para no importarte más que un vaso de agua fría y aire acondicionado, pero yo de masoquista lo caminaba por muchas cuadras, lo sudaba, me amargaba, pero ahí seguía ¿por qué extraño eso?

Los últimos días hizo un frío simplemente exquisito. Esa temperatura en la que una buena bebida caliente y un sweater, te hacían olvidar todo mientras caminabas más rápido y sonreías por lo que estabas viviendo.

Risas sobraron en todo momento. Parecía que todo me hacia feliz, desde ver las ratas en el metro (según me mejor amiga ese fue mi hobbie del viaje) hasta ver como Meche y yo discutíamos por tantas pendejadas, y así luego seguir riéndonos.

Mi inglés era comedia permanente, soy más o menos un “I can talk to Washington too”, así mismo. Y para no dejar dudas, lo que me pasó en Chinatown sólo me pasa a mí. Yo estaba buscando un pin, y el plural en español es pines, es decir que se pronuncia igual a pennis (así se le conoce al pene en inglés). Yo por andar transformando palabras del español al inglés me sucedió lo siguiente:

Yo: excuse me sir, do you have pines?

Señor chino: what?

Yo: pines sir, pines

Señor chino: im sorry, what?

Mercedes: (quien menos mal me logró escuchar desde la otra esquina de la tienda) ¿Ronald que le preguntaste?

Yo: que si tiene un pin, pines pues ¿sabes?

Mercedes: jajajajajajajajajajajajajajajaja

María Corina: jajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja

Yo: (sin saber de que se reían) jajajajajajajajajajajajajajajajajaja

Mercedes: Ronald tu eres loco. Pines (pennis) significa pipí mijo.

Yo: ¡Mierda! verdad. Vámonos ya de aquí que bolas. 

Pues sí, eso me pasó. Recuerdo que salí corriendo de ahí y lo último que vi fue al “mistel woo” con cara de que en cualquier momento me mataba a coñazos. 

Comer, comer y comer, eso es lo que procesa mi cerebro en un 75%, coño pero es que es verdad, que vaina tan buena es comer. Mientras a muchos le gustan los calamares a mi me encanta el pan andino con natilla, pero eso no lo había allá, así que decidí comer algo bueno como un plato de arroz al curry con coco y pollo, y después llegar a mi casa pararme en la farmacia a comprar donas simplemente por el hecho de comer como un hambriento sin tener necesidad alguna. Y no sólo lo barato sale caro, lo caro también sale malo. Digo esto porque una noche fui a un restaurante italiano de los más caros y famosos de la ciudad ¿para qué? Para comer una simple pasta como hecha por mí con una simple salsa de tomate. Por eso es que me quedo con mi slide de pizza que quedaba a una cuadra del apartamento.

Unas de un dólar, otras de cinco y algunas hasta de ocho. Unas de alcachofa, otras de pepperoni, pero la más cara fue la “margarita”. Por todas las esquinas te perseguían y te veían con caras de deseo para que hicieras de ellas un grasoso placer culinario. Casi ningún día me pude resistir a comerlas, fui como a cuatro sitios distintos donde las preparan totalmente diferente, cada una fue una experiencia llena de sabor (eso pareció un eslogan de comida infantil jajaja). Pero por más famosas que fueran las de Artichoke me quedo con las de mi calle, era mi cena típica entre dos y tres de la mañana, el sitio se llama Amadeus Pizza y es atendido por unos chicanos que hablan más español que inglés. Por cierto, un paréntesis, una de mis bebidas favoritas es el Snapple, si les gusta ese te en esta pizzería venden hasta sabores que no sabían que existía.

Mi cuerpo definitivamente está oxidado. Tres días intensos de caminata le dijeron adiós a mi espalda. Nunca entendí, pero así paso. Fue a tal punto que no podía casi ni caminar y agacharme ya parecía ser un recuerdo. Pero al final se acomodó sola, ella tenía ganas de joderme un ratico y ya pues.

No se si era el espejo donde me veía antes de salir o simplemente es la realidad, lo cierto es que ya las canas tenían tiempo apropiándose de mi “frondosa” cabellera, pero estos 21 días pareciera como si se hubiesen multiplicado por 1000. Y ni hablar de la caída, siento que perdí 500 pelos por día ¿será que asumo lo que me viene o me pongo un peluquín?

Y bueno si, que ladilla decir esto pero es así. Libre… eso es lo que sentía al caminar por cada esquina de esta cochina, ruidosa pero increíble ciudad. Podías ir a donde quisieras solo, montarte en el metro a cualquier hora del día y ¿preocuparte por algo? Jajajajajajajaja, not. 

Definitivamente hay cosas tan pequeñas con las que uno es realmente feliz que a veces pasas toda la vida buscando esos “grandes cambios” y no te diste cuenta que siempre tuviste lo que querías para estar feliz contigo mismo. No te esfuerces tanto, la felicidad no es tan complicada.

Pero bueno, ya regresé a donde vivo así que colorín colorado, este cuanto algún día seguirá… New York c’ya soon!

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